Por: Juan Carlos Caicedo Zapata
Me encanta leer cuentos, pero, también cuando la inspiración divina me toca, los escribo. Por eso quiero compartir con ustedes este cuento, que espero lo lean con mucho entusiasmo y reflexionen en torno a los diferentes temas que desarrollo: cuidado del medio ambiente, relaciones interpersonales, amistad, segunda oportunidad, ayuda mutua, perdón y amor.
EL ÁRBOL SOLITARIO
Existió alguna vez, un árbol solitario, pues, a su alrededor no había planta alguna, no tenía frutos y mucho menos hojas en donde un pajarito peregrino pudiese construir su nido o donde algún exhausto pudiera cubrirse del sol. Nadie pero nadie se acercaba a él.
Tenía un aspecto desagradable, debido a que por su tronco fluía una sustancia viscosa de color rojizo, la cual producía un olor no muy agradable al olfato, un olor penetrante como ha podrido, como a quebrada de barrio, como a río de ciudad. Por estas razones, nadie se atrevía a estar cerca del árbol y mucho menos a tocarlo, aunque todos lo miraban a lo lejos con cierta curiosidad y repugnancia.
Cierto día con pasos muy lentos y muy torpes, se dirigío en dirección al árbol una pequeña tortuguita, que tenía por nombre, “Piecitos”. Esta tortuga era algo miope, de cuello largo y de patas muy pequeñitas, poco a poco y sin reparo alguno de la existencia del árbol, Piecitos, estuvo tan cerca de él, que chocó fuertemente. El árbol aunque se encontraba embelesado en su soledad, gritó un poco entre asustado y enfadado -¿Quién eres tú?-
-Mi nombre es Piecitos-, contestó la tortuga muy calmadamente, y siguió diciendo, -¡discúlpeme, señor árbol, no era mi intención incomodarlo!- -¿Sabe? lo quería conocer de cerca, he escuchado mucho de usted, además, yo paso siempre sola, no tengo amigos y todos me rechazan y se burlan de mí-.
-¿Por qué te rechazan y se burlan?- Preguntó el árbol con un tono más calmado. Piecitos le contestó: -Soy torpe y no hago las cosas bien, todos quieren hacer las cosas rápido y como yo soy tan lenta y corta de vista cometo muchos errores, todos me menosprecian y me hacen a un lado-.
El árbol con voz comprensible le dice: -Lo lamento mucho mi querida Piecitos, pero, como ya sabes, yo también soy un ser solitario y olvidado-. -¿Quieres escuchar mi historia?-, le pregunta él. Ella responde: -¡Claro que sí, yo tengo todo el tiempo del mundo!
Entonces con voz melancólica el árbol comienza su historia… -”Yo era un árbol común, con hojas abundantes, grandes brazos donde los niños colgaban sus columpios, mis frutos eran exquisitos, ¡yo era muy feliz!. Pero cada vez, eran más los niños que se colgaban de mis brazos, era más la gente que desechaba mis frutos aún verdes. Un día decidí que esto iba a cambiar y cuando los niños vinieron a colgarse de mis brazos, hice que éstos se partieran, pero, lamentablemente uno de los niños sufrió una aparatosa caída y se golpeó muy fuerte. Por lo tanto, los adultos decidieron acabar conmigo; envenenaron mis raíces y debido a esto perdí todas mis hojas, intentaron cortarme con un hacha, pero me resistí con todas las fuerzas y no lo lograron. Desde ese momento adquirí un aspecto desagradable para los demás, como un medio de protección y por eso soy el árbol solitario-”.
Piecitos en medio de sollozos, le dice: -¡qué injustos han sido contigo amigo árbol-. Y el árbol animadamente le contesta: -Ya no hay de que lamentarse, pues, he conseguido una amiga, tú eres la única que me ha escuchado y ha sabido comprender mi error-. -¡Por supuesto!- contestó animada la tortuga.
Y continuó diciendo el árbol, -yo te puedo ayudar-. Y Piecitos extrañada pregunta -¿cómo que me puedes ayudar?-
Y el árbol le contesta: -yo puedo sanar tus ojos, hacerte más hábil e inteligente-. -¿Cómo?-, pregunta ansiosa la tortuga.
Y el árbol extendiendo uno de sus brazos invita a Piecitos a que lleve un poco de la sustancia rojiza a sus ojos y a su boca, ésta lo hace sin dudar y poco a poco puede ver claramente la imagen de su nuevo amigo. -¡Oh! te veo mejor, querido amigo-.
Piecitos lo abraza y le da las gracias, luego le pregunta: -¿Qué es esa sustancia rojiza?-Él contesta: -A pesar que en el pasado me equivoqué, Dios ha hecho de mi algo bueno, ésta sustancia rojiza sana cualquier enfermedad que exista en el mundo-.
Piecitos lo cuestiona, -¿cualquier enfermedad?-. -Sí-, responde el árbol. La tortuga se queda meditando por un instante. Y después le cuenta al árbol, que a lo largo del mundo las personas y los animales sufren una rara enfermedad llamada “corazón roto”. -¿Corazón roto?-, pregunta preocupado el árbol.
La tortuga sigue contándole sobre las características de dicha enfermedad, la cual pasa por tres momentos:
- Como primer síntoma el enfermo empieza siendo intolerante y soberbio con los demás.
- Luego juzga y menosprecia el trabajo del otro, habla mal de los demás destruyendo la armonía de las familias, grupos y organizaciones.
- Y tres, cuando la enfermedad es más crónica siente rabia, ira, mal genio, hiere con sus palabras, no comparte con nadie.
A medida que el enfermo pasa de fase en fase su corazón se va deteriorando, hasta que el corazón sufre una ruptura definitiva y la persona o animal muere inevitablemente.
Piecitos le pregunta a su amigo, -¿quieres ayudarlos?-. Y el árbol con amorosa voz responde que sí, que es la hora de hacer algo bueno por los demás, -“la vida me ha dado la oportunidad de enmendar mis errores del pasado”-. Con el paso de los días, todos los contagiados de dicha enfermedad, fueron llevados, algunas veces obligados por las personas que aún los amaban, ¡y fueron curados completamente!
Desde ese entonces, al árbol le crecieron las hojas, su olor se ha vuelto agradable y, ¿saben? la tortuguita y el árbol ya no se encuentran solos, se encuentran rodeados de seres que los aman, los respetan y lo más importante confían en ellos. FIN