Los seres humanos de estas comunas empinadas

Por:  Jorge Vásquez

Si aceptamos la teoría de la evolución, los humanos descendemos de un mono, que vivió mucho después del big-bang y de la primera bacteria: venimos de una fiera llamada homo sapiens; vivimos miles de años en cavernas, cubiertos con pieles de animales, disputándonos las hembras de la manada y defendiéndonos con palos y piedras de otras fieras.

Con el paso del tiempo logramos algunos progresos en el mundo material: la conquista del fuego, el trabajo con metales, el establecimiento en un solo lugar y la práctica de la agricultura que nos convirtió en seres de sicología sedentaria.

Estos progresos que aseguraron la subsistencia permitieron que comenzáramos un camino de desarrollo mental y cultural, el cual nos alejó de nuestras hermanas las bestias y nos acercó cada vez más, aunque no sin retrocesos, a ser más humanos. Y ser mas humanos significa hoy lo mismo que ha significado toda la vida,  ser: bondadoso, cariñoso, compasivo, justo, clemente, apacible, amable, generoso, manso, indulgente, sensible, sereno y otras sonoras y bellas expresiones.  La gente no se equivoca, cuando dice de una persona que es muy humana; está diciendo que su trato a las demás personas y a los animales esta dictado por su corazón, es cordial.

Un amigo veterinario, atendió a un león del zoológico de Medellín   el cual resultó con un cáncer en avanzado estado, que no pudieron detectar a tiempo, porque el animal fiel a su naturaleza -contaba el amigo- ocultó la enfermedad hasta el último momento. Esta es una actitud propia de los animales que viven en un mundo donde unos deben comerse a los otros como requisito para poder sobrevivir.  Mundo en donde no es posible la compasión con el débil y tanto el fuerte como el débil deben aparecer  a la vista del otro en óptimas condiciones para atacar o huir.  

No es posible educar un león en la compasión sin negar su naturaleza, pero educar el ser humano con la ausencia de ésta, es negar su naturaleza humana.  Esta naturaleza, seguramente también reside en nuestras células, igual que en los animales, y se convierte en naturaleza humana fruto de nuestro trabajo, y de los grandes conductores morales, como de  miles de hombres y mujeres anónimas que han aportado a la humanidad razones y maneras de limar las garras de la fiera que mora en cada uno de nosotros. Este acumulado es el que sirve la sociedad a las nuevas generaciones en la educación, a través de la familia, la escuela, los amigos, los medios de comunicación y demás instituciones.

Tanto la violencia seria y sosegada que practican los estados y cuya bondad se muestra  en el cine de acción y en los medios; como la que practican con nerviosismo y estridencia los individuos, los grupos y estados marginales, nos muestra que la fiera que éramos, nos espera a la vuelta de una esquina o, detrás de uno de los pliegues de nuestra alma,  y  por tanto necesita ser vencida una y mil veces, ahora y siempre.

La violencia que  practican en nuestros barrios sectores de los menos atendidos, se fue incubando silenciosa en los hijos de  aquellos campesinos bondadosos desplazados por procesos de violencia y obligados a ir colgando sus casitas sobre la barriga de los cerros, o extenderlas sobre los caudales de las quebradas, desoyendo la cuadricula y   la policía.  Fueron llegando los humildes por montones con sus escasos corotos, con sus costumbres de veredas y pueblos, playas y orillas, todavía con el verdor del campo en sus ojos,  a estos lugares áridos.  Llegaron con su hablar recio propio del que vive en espacios dilatados, a ubicarse, los primeros con casita, platanera y perro, y  los otros  en un espacio mínimo como sus esperanzas.

Y aquí en este punto y hora de nuestra historia estamos al principio. De nuevo el hombre es lobo para el hombre, puesta a prueba la condición humana, ricos en  carencias y huérfanos del olor de la tierra fértil cuando amanece, los hijos de los campechanos,   abandonadas a su suerte por gobiernos de egoístas decentes, eligieron caminos de reconocimiento social asociados con actividades ilícitas; abrieron sus puertas a banderas o intereses  de la más diversa pelambres: a fuerzas subversivas, a fuerzas para-estatales, a grandes, medianos  y pequeños delincuentes, beneficiarios de estas guerras, que los enrolan, como carne que los proteja del plomo contrario.

Se ha configurado aquí un mundo del sigilo, de la desconfianza, de la prevención, en el cual reconocer un error  es resbalar, un mundo con sus propios leyes, iconos y figuras ejemplares para los jóvenes provenientes de los bajos mundos,  de las imágenes de los comerciantes de los medios de comunicación serios, que han hecho de la apología del violento un negocio lucrativo. Un mundo despiadado, donde al niño se le enseña con el ejemplo,  que ser bondadoso con el otro es ser tonto, que disputar el centímetro de calle, el pupitre en el colegio, el favor de la pareja es  lo que vale.    Y aquí están algunos de estos barrios hechos a imagen, semejanza y escala del egoísmo de los poderosos, unos más, otros menos, como vórtices de fuego, mientras la autoridad, de este país, que está entre los 10 de mayor gasto militar en el mundo, no ha podido controlar la sinfonía de fusiles que arrulla el sueño de sus habitantes.

Pero igual que existen caminos que significan volver al tiempo de las fieras, existen otros que se aferran al legado de realización humana. Son los esfuerzos de grupos barriales que promueven la cultura, de sacerdotes y pastores que a través de lo sagrado enseñan la decencia,  de los hombres y mujeres que proceden con respeto en sus oficios de conductores, de carniceros, de panaderos, de albañiles, las madres y abuelas que hacen del oficio un ejemplo de generosidad, los que irrumpen con los pregones de sus mercancías en la mañana por las calles estrechas, aquellos que bajan al centro a ganarse el pan informal para sus hijos, las madres que viajan a otros  barrios a servir con gusto en los amurallados edificios de  los ricos o en las empresas de los egoístas decentes.

Pero también la inversión de buen gusto, del gobierno de la ciudad que miró hacia estos cerros y sembró en algunos barrios infraestructura escolar, de transporte, parques para la recreación y bibliotecas con salas de informática, que promueve la participación de la gente  en las decisiones que la afectan; es un camino esperanzador que reconociendo la riqueza humana de sus habitantes está transformando la mirada de la ciudad respecto a ellos.

Pero los grados centígrados de mas que irradia la piel de estos barrios  lleva a presentir entre la gente el manotazo del estado central, quien cual padre ausente y apenado por lo mismo, pretende silenciar su propia conciencia y la ajena, recurriendo a la violencia legítima, que igual que la que no lo es, destroza la carne de seres humanos. Y como en las películas de acción de los comerciantes de los medios de difusión, hecha la pausa para recoger los muertos,  (comuna 13 por ejemplo),  unos años después la historia puede repetirse, en este círculo infernal que ha sido la vida sangrienta de estos barrios, de esta ciudad, de este país.

Estos barrios no necesitan más caridad con uñas, asistencialismo en el que la mano derecha siempre sabe  lo que hace la mano izquierda y el voto se mendiga al humilde o se le arranca cada cuatro años.  Sus habitantes, lo que necesitan es que el estado se acerque a través de sus  instituciones,  desate entre ellos el nudo de la desconfianza y el sigilo y, los convierta en ciudadanos reales, participes de un proyecto histórico. Es más lento este camino, pero es duradero, pues se trata de pasar del papa estado ausente y luego maltratador a sembrar semillas de autocontrol y corrección entre el pueblo.    

Por lo demás, que quienes se reclaman cristianos, entiendan que el cristianismo es amor al prójimo y, prójimo no sólo es la gente de bien, que vive refugiada en el apartamento del lado y asiste puntual a las liturgias, sino también los hijos e hijas de Dios que viven en estos barrios en medio de privaciones que no merecen.  Los pobres hijos de Dios de estos barrios requieren algo más de un Dios los bendiga, como es moda ahora. Necesitan  que se les trate como seres humanos, reconociéndoles sus derechos y dignidad.  Conociendo la naturaleza generosa de los humildes, con toda seguridad se podrá pensar que  dirigirán sus plegarias y ruegos a Jesús con el fin de que amplié el ojo de la aguja para que también los poderosos puedan entrar al cielo con o sin sus camellos.  

¡¡Que el candor juegue en la calle mientras el lobo no está!!

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